Hoy todo lo que hacemos pasa por las redes sociales: si no hay foto o video, no sucedió. Y en mayor o en menor medida, todos los internautas comparten actualizaciones de su día a día. Si el usuario es padre, es probable que gran parte de lo que sube sea de sus hijos. Logros, fracasos, imágenes del día a día o cualquier postal que pueda servir, todo queda inmortalizado en el mundo online. Y esto se hace sin pensar en las consecuencias que puede tener para el infante. O más bien, siendo justos, se hace sin saber que hay consecuencias.
Marcela, por ejemplo, jamás pensó que su orgullo de madre podía afectar a su hijo. Ella publicaba fotos de su nene desde que era pequeño, hasta que él entró a la secundaria y sus compañeros encontraron el material. Y se burlaron de él. Ahora, ella tiene terminantemente prohibido compartir cualquier contenido de su hijo. Lo que pasa es que vivimos en la época Shareting (unión de sharing -compartir- y pareting -criar-): la exposición deliberada de información de los hijos. Y todo eso afecta directamente a los protagonistas: los más chicos.
“El shareting es algo que ha tenido una gran evolución durante los últimos años. No se puede decir que es una práctica buena o mala, pero sí es importante pensar que, si vas a compartir contenido de tus hijos, hay muchos riesgos a futuro”, advierte a LA GACETA la psicóloga Florencia Lazarte. “Antes también se documentaba la vida de nuestros hijos con fotos que se revelaban y se armaba un álbum. Y toda esa documentación quedaba en el ámbito privado, la diferencia es que ahora, cuando se sube a las redes sociales, se vuelve público, y yo (padre) no tengo el control de ese contenido”, explica.
Huella y otros problemas
Uno de estos peligros es lo que José Farhat, abogado y secretario de estado de Participación Ciudadana, define como una contradicción: los padres les piden a sus hijos pequeños que no compartan información en redes, pero ellos sí lo hacen. “Es interesante pensar lo que pasa con el shareting, porque el derecho ha hecho todo un proceso para construir garantías a la intimidad, y las redes sociales las han destruido. Y un padre se siente orgulloso y comparte la vida de su hijo, pero todo eso va creando una huella digital del infante, y a temprana edad ya le vamos generando un perfil humano digital -destaca-; entonces es importante pensar cuáles son los límites de la privacidad, cuál es la vulnerabilidad del infante y cuál es el riesgo”.
Esa huella digital la tenemos todos; lo que hacemos en las redes queda documentado por siempre y deja un “rastro” de cómo vivimos en el mundo digital. Algo así como nuestro ADN... Y aunque parezca ínfima, la cantidad de información que brindamos es mucha. “Hay estudios que afirman que para 2030 va a ser tanta la información que se ha compartido sobre niños y niñas, que estas nuevas generaciones van a estar expuestas a suplantación digital, porque más allá del nombre, de los lugares a donde van, todo lo que hacemos va dejando una huella muy potente, y eso va a implicar una vulneración muy grande. Y esto es el futuro, pero no tan lejano como creemos”, dice Farhat.
Pero hoy ya hay varios peligros al hacer shareting. “Se exponen muchos datos sensibles en las redes -resalta-; una foto graciosa de un niño, mañana se vuelve acoso escolar o digital, o una foto en traje de baño puede terminar en una página de pornografía infantil. Tenemos que saber que corremos esos riesgos”.
Otros efectos
Las consecuencias del shareting (que puede convertirse en oversharing, cuando hay una sobreexposición de información en el mundo digital) van más allá de los peligros enumerados. Estas prácticas pueden afectar directamente la autoestima de los pequeños. “Esa huella digital tiene efectos que pueden ser nocivos para nuestros hijos, sobre todo en la etapa adolescente, donde ellos ya empiezan a tener conciencia y a generar su propia identidad”, indica Lazarte, que es coordinadora del área de prevención del Programa para el estudio de las Adicciones (PUNA).
“Los profesionales de la salud mental estamos empezando a ver los efectos que este uso en las plataformas; nos encontramos con adolescentes con un quiebre en su autoestima muy grande, que los lleva a muchas conductas de riesgo -destaca-; lo que pasa es que el adolescente, a esa edad, empieza a buscar separarse del grupo primario para empezar a construir núcleos secundarios de vínculos y para generar una propia identidad. Pero en internet ya hay una identidad, esa huella, que puede no coincidir con lo que un adolescente desea, siente o piensa. Y todos esos contenidos existentes pueden generar vergüenza y también crear situaciones de violencia, porque hay una frustración enorme: ese contenido no se borra y puede generar efectos en la autoestima y en la autovaloración personal”
Límites
Lazarte también explica que en medio de esta situación, puede haber un quiebre en la confianza y en la seguridad en esa relación padre-hijo. “El adulto que sube una foto a internet está violando uno de los derechos principales del niño, el derecho a la privacidad. Además, vamos haciendo que ellos creen una identidad ficticia de ellos mismos, que no sabemos si quieren tener. Por eso siempre lo que se publica son situaciones felices o ideales, y uno a veces en la vida puede no llegar a eso”, comenta.
Es que la pregunta es obvia: ¿dónde está el límite? Farhat explica que hay normativas como la Convención de los Derechos del Niño, que establece el derecho a la identidad, o la ley 26.061 de Protección Integral de los Derechos del Niño, que asegura el derecho a la vida privada y a la intimidad. Los grandes responsables de velar por estos derechos son sus padres. Entonces, lo que falta, es aprender. Aprender a ser más cuidadosos con lo que se publica, y a pedir permiso cuándo el menor empiece a crecer, dicen los entrevistados.
Cómo actuar
Ya lo dijo Lazarte: el shareting, como tal, no está bien ni mal. “Tiene que ser una práctica a conciencia, responsable y pensando en los riesgos y en cómo puede impactar en la vida personal del niño y en su propia identidad el día de mañana”, indica la psicóloga, que asegura que esto no se trata de un problema de abuso de derechos, sino de falta de información sobre los riesgos existentes. “Hay que conocer el tema, informarse, y poner filtros para compartir la información sólo en el ámbito familiar, hasta que los hijos sean más grandes y puedan decidir. Si mis hijos ven que tengo una conducta responsable en el uso de las tecnologías, ellos van a aprender lo mismo”, reflexiona.
“Hay que empezar a adaptarnos y entender que el derecho a la libertad de expresión de los padres tiene que ser pensado con responsabilidad. Ellos son los que tienen que proteger y acompañar a los niños -destaca Farhat-; tenemos que tener las mismas precauciones que tendríamos en el mundo físico: cuidar los datos que compartimos, tomar medidas de seguridad, chequear las redes, no tener arrebatos de publicar y medir lo que se quiere compartir, y pensar con perspectiva de futuro”.